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¡Señor Rajoy, sentimos vergüenza de usted!

No decir la verdad, utilizando los temas que a uno le conviene, es otra forma de mentir, y en eso sí, señor Rajoy, usted ha salido vencedor
Mi primera y casi única conclusión y grito es que sentimos vergüenza de usted y de los que le han aplaudido.
Editado por Jesús Parra Montero | Original: Ver original. | 0 2017-09-05

El señor Rajoy, su gobierno y no pocos políticos, están convencidos de que, como escribe Miguel Hernández en su poema “Vientos del pueblo”, somos un pueblo “de bueyes que doblan la frente, impotentemente mansa, delante de los castigos”, o delante de las mentiras; lo que lamentablemente no somos, como termina la estrofa: “leones que levantan la frente y al mismo tiempo castigan con su clamorosa zarpa”, o con la negación del voto en las urnas, a todos los que nos mienten impunemente. Y como “el grito de Munch”, antes de cualquier análisis de las palabras leídas en su comparecencia en el Congreso, decidiendo “quién ha sido vencedor y quién vencido”, como han hecho políticos, periodistas y tertulianos, mi primera y casi única conclusión y grito es que sentimos vergüenza de usted y de los que le han aplaudido.

No tienen empatía; no es que no tengan corazón, es que simplemente no son conscientes de la importancia de su actuación; su orgullo les bloquea la autocrítica, practican la vanidad ideológica y la prepotencia programática y por ello son capaces de anteponer su propio interés a la verdad política. Si la vida pone a cada uno en su lugar, ante el cinismo de los diputados populares, en su zona en el Congreso habría que poner escaños supletorios. ¡Qué certeramente se expresó quien dijo: “Nos mean y decimos que llueve”!

¿Por qué aplauden esos imbéciles?, manifestaba indignado y extrañado un tertuliano y diputado del Partido Popular al contemplar en televisión cómo aplaudían muchos diputados venezolanos a las excéntricas palabras del presidente Maduro en la Asamblea. Eso me peguntaba yo mismo viendo a los diputados populares aplaudir -ya lo hicieron bochornosamente en aquel discurso del indigno expresidente Aznar, aplaudiendo el ominoso apoyo de España a la injusta guerra de Irak contra la voluntad popular- a cada frase que pronunciaba Rajoy en su intervención en el Parlamento, específicamente sobre el caso “Gürtel”, con un discurso plagado de falsas verdades (¡qué oxímoron!) y lleno de significantes justificativos y vacíos.

Y digo significantes vacíos porque en su impostura, en la intervención parlamentaria, su lectura actuada de papeles ha sido una mera secuencia de sonidos, carentes de toda función significativa y credibilidad, pero con una intención justificativa: exonerarse de cualquier responsabilidad política ante la sarta de mentiras y olvidos conscientes con los que actuó como testigo ante un tribunal en la Audiencia Nacional, donde aseguró que no se ocupaba de los temas económicos en sus años como director de campaña del PP y de la caja B, aunque la hemeroteca después le ha desmentido. Razón tenía al decir que “ser testigo en un procedimiento judicial no es un deshonor para nadie”, pero mentir como mintió, sí que es un delito.

Ni siquiera se atrevió, cobardemente, a pronunciar las palabras “Gürtel, Correa, Bárcenas o Lapuerta”, objetivo específico de su comparecencia. Pero el silencio y omisión de esas palabras las han hecho más sonoras, más presentes, como afirmaba Eduardo Galeano en esta sentencia: “Ha guardado un silencio bastante parecido a la estupidez…”, porque el caso Gúrtel y la corrupción del partido popular no deja de existir por no nombrarlo. Es la política torpe y estúpida del avestruz: si no la nombro, no existe. En su análisis marxista sobre el poder afirmaba Gramsci que el poder se ganaba con las ideas; aunque yo considero que mejor se gana, y más dignamente, con la coherencia, la personalidad moral y la verdad.

Y, sin embargo, en su respuesta a los grupos parlamentarios no escatimó irónicos insultos, innecesarios recuerdos del “y tú más” y silencios despectivos a preguntas incómodas… Ni siquiera se libró de sus invectivas “su muleta parlamentaria”, aunque, alguien con cierta sorna, afirmaba al salir del Congreso: “Albert Rivera se lo ha currado hoy: ¡el traje de Rajoy está mejor planchado que nunca”!

Sabemos que la sinceridad es un regalo caro de ahí que no podemos esperarlo de los políticos del PP. Estamos hartos de ver cómo su política separa a la ciudadanía en grupos para luego enfrentarlos, acumulando agravios y fantasías; pero lo que los ciudadanos reclamamos de los políticos, y más cuando son gobierno, es sensatez, eficacia, unidad, honradez, sinceridad, coherencia y verdad.

A pesar de sus deseos, los silencios de Rajoy no se convierten en la posibilidad de olvidar su sistémica corrupción como partido; ni los votos populares de los que se enorgullece, ni las urnas, por mucho que lo repita, le absuelven de su responsabilidad; sus calculados silencios son la prueba de su mentira y la seguridad de que con el Partido Popular y con Rajoy en el Gobierno, por muchas leyes que en su discurso y durante sus cinco años al frente del ejecutivo afirme haber aprobado, la corrupción le continuará persiguiendo y, lo que es peor, mientras quiera olvidar o negar la verdad, la seguirá alimentando al demostrar su incapacidad para hacerla desaparecer. La memoria siempre es recuerdo y la verdad tozuda; es como el Guadiana, desparece, pero vuelve a emerger; por eso se lleva mal con la historia de los malos políticos; en el relato de la historia, tarde o temprano, la mentira encontrará respuesta.

Es lo que acaba de suceder a los responsables de la Generalitat, al consejero de Interior, Joaquim Forn y al jefe de los Mossos, Josep Lluís Trapero, otros cínicos; ambos han tenido que admitir, tras negarlo varias veces, que los Mossos recibieron el 25 de mayo un aviso de la posibilidad de un atentado en La Rambla en verano. Ambos, queriendo justificarse para tapar sus responsabilidades y echando las culpas “al mensajero”, han sostenido, además, que tanto la policía catalana como la española constataron que el aviso “tenía muy poca credibilidad” y no guardaba relación con los ataques de Barcelona y Cambrils. Los hechos, desgraciadamente, han demostrado lo contrario. Lo que sí han demostrado es que sus mentiras han tenido las patas muy cortas y el tiempo para comprobarlo ha sido muy breve.

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